Los tres momentos clásicos que atraviesa la construcción de una candidatura son los siguientes:
1) Conocimiento
2) Imagen
3) Intención de voto
1) Este es el primer problema a resolver. Cuando un porcentaje alto del electorado conoce a la persona, pues ya tenemos un candidato. De lo contrario, lo que hay es un proyecto de candidato. Tener por candidato a una persona que pocos electores conocen es un problema que no tiene solución, al menos en lo inmediato ya que la familiaridad de un candidato respecto de su electorado potencial requiere tiempo; la instalación debe luego decantar. [Por ese motivo los partidos chicos, por izquierda y por derecha, suelen presentar siempre los mismos candidatos: no es que no tengan otros integrantes del partido con vocación –o aptitud– de candidatos, mas bien lo que pasa es que el poco espacio del que pueden disponer tratan de aprovecharlo concentrando toda la atención en una o dos personas que, a lo largo de los años, se van haciendo conocidas, familiares]. Se puede intentar forzar las cosas mediante una campaña intensa, saturando, pero eso en pocos casos da resultado. Uno de esos casos seria el de un candidato poco conocido al que se le pega otro u otros muy conocido/s, todo rubricado por un sello partidario que aporte buen piso. [Amen de los sellos de los grandes partidos, ese fue el caso de Izquierda Unida durante casi una década]. Ahí se puede zafar; pero saturar plantea el peligro de sobre pasar, mucho antes de la elección, el punto máximo de maduración, luego del cual la candidatura entra en caída libre; la fruta empieza a pudrirse. Pero esto tampoco es siempre así: la gestión es el mejor anticorrosivo ya que el juicio es más estable que el humor. Así, una candidatura anclada en una gestión es más estable que otra que solo se recuesta en el humor del electorado. Por lo tanto: si se va a saturar, el mensaje debe contener una buena dosis de gestión; de lo contrario es preferible en vez de saturar, hacer una instalación gradual con un par de golpes de efecto poco antes de la elección.
Finalmente, el conocimiento tiene dos aspectos: el conocimiento de la persona por parte del electorado (por eso resulta tentador postular personajes famosos); y el conocimiento de que esa persona es candidato (el personaje debe notificar fehacientemente a su electorado potencial que pretende un cargo).
Resuelto el problema del conocimiento (en sus dos aspectos), podemos ocuparnos de la imagen.
2) Tener buena e incluso muy buena imagen no convierte a un candidato en ganador; pero un candidato con muy mala imagen difícilmente pueda ganar una elección. Por lo tanto es mas importante no tener mala imagen que tener una buena. Un candidato que arranca sin mala imagen no tiene techo, por lo tanto los equipos pueden concentrarse en construir un piso y que resulte lo mas alto posible. Toda candidatura inexorablemente constituye un dispositivo que forma parte de algo más amplio, más abarcativo. Y esa condición tarde o temprano cobra visibilidad originando un primer punto de inflexión: en el imaginario de los votantes el candidato será gradualmente asociado a algo mas (no necesariamente todos los votantes harán las mismas asociaciones pero casi todos harán alguna). Para el caso de los candidatos sin piso, lo ideal es postergar un poco aquel momento. Hasta entonces lo ideal es que el candidato aparezca fuera de contexto: que interpele a sus potenciales votantes sin mediaciones, sin asociaciones salvo aquellas que solo sumen (que serán las menos; las que suman y restan quedan para después).
3) Suponiendo que ya tenemos un candidato muy conocido y con una buena ratio de imagen (diferencia entre la buena y la mala), llego el momento de construir la intención de voto entrando de lleno en la resbaladiza superficie de las asociaciones. Resbaladiza porque la propia intención de voto se construye a expensas de otras intenciones de votos. Se presume, al momento de lanzar una candidatura, que el total de votos ya está asignado (en este punto el indeciso no existe; se proyecta) con lo cual el crecimiento del candidato implica la erosión de otros candidatos. Cuando en septiembre del 73 el colorado Abelardo Ramos llamaba a votar “a Perón desde la izquierda” lo que hacia era montar una cabina de peaje entre el votante de izquierda y la formula Perón-Perón. [En aquella elección que gano el Frejuli con el 62% el techo de Perón era altísimo, es decir, irrepetible]. Este ejemplo grosero pretende ilustrar el modo en que se origina la pregunta clave: ¿Quién/es tiene/en los votos que necesitamos? Y justamente el problema es el plural. Abelardo Ramos corría con la ventaja de que sus votos los tenía todos Perón (que absorbía por izquierda y por derecha). Pero, normalmente, los votos que necesitamos no los tiene todos un solo candidato o una sola fuerza política sino que están distribuidos aquí y allá y, lo que es peor: están distribuidos de manera contradictoria.
Por eso decíamos que el momento en que se empiezan a clarificar las definiciones políticas y la política de alianzas, se atraviesa un punto de inflexión luego del cual el techo empieza a bajar y cuando eso pasa, mucho o poco, también afecta al piso.
Así, es muy poco recomendable asociarse a un techo muy bajo sin antes haber construido un piso más o menos alto.
A menudo los candidatos muy consolidados –sobre todo los que validan gestión– tienen muy próximos el piso –alto– y el techo –bajo– lo que en coyunturas electorales muy dispersas, alcanza para ganar. Asociarse a esos candidatos (explicita o tacitamente) equivale a firmar la derrota por anticipado: a cambio de obtener un poquito de su piso nos compramos casi todo su techo. Insistimos: una candidatura sin piso propio que arranca con un techo bajo es irremontable a corto plazo (las campañas son a corto plazo)
En estos casos conviene tomar el camino de ripio: construir la intención de voto raspando a todos los candidatos implicara eludir aquellas contradicciones evitando forzar la asociación (“vote a Perón desde la Izquierda”).
Una vez consolidado un piso propio y aun con el techo lo suficientemente alto, es el momento de forzar las asociaciones a fin de subir el piso sin que el techo se derrumbe: se trata de una tarea quirúrgica que requiere mediciones permanentes para ir corrigiendo el rumbo de la campaña a medida que se van removiendo de las otras intenciones de voto aquellos electores adheridos con saliva.
También podría darse el caso de que la buena imagen se traduzca inmediatamente en una intención de voto alta, muy alta (techo alto con piso alto). Esta rareza, de ocurrir, demandara un análisis ad-hoc a fin de hacer una lectura correcta y evaluar la mejor manera de llevar la campaña. [Suele ocurrir que un candidato con muy buen conocimiento e imagen, da alta intención de voto cuando la campaña esta verde; después empieza a caer hasta encontrar su punto de equilibrio que será mas bajo cuanto mas alto haya sido el punto desde donde comenzó el descenso. v.g. Cobos].
Al fin y al cabo, suele ser más sencillo construir un ascenso que frenar un derrumbe.-

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