lunes, 5 de diciembre de 2022

¿Cual 2023?

En 2013 el peronismo bonaerense expuso su fractura confrontando en una elección que ganaron los renovadores aunque aliados a un pro todavía inclinado al redituable tactisismo electoral duranbarbista, que supo convertir esa victoria del enemigo de su enemigo en el trampolín que en 2015, con el peronismo bonaerense todavía dividido entre efepevistas y renovadores, lo depositaría en los sillones de Rivadavia y Dardo Rocha. El gerente general de aquel resonante emprendimiento renovador no fue otro que Alberto Fernández quien también gerenció la aventura randazzista en 2017 que obligó a Cristina a morder el polvo de una insólita derrota a manos del ignoto Esteban Bulrich.



Alberto: al gran CEO argentino salud!

Cuando Cristina decidió que la poltrona del senado era un mejor lugar que el colchón de un calabozo y se dispuso a reagrupar al peronismo bonaerense, convocó al mejor gerente disponible para una ingrata labor: hacer macrismo sin Macri. Lo que viene haciendo Fernandez desde el 10 de diciembre de 2019 no es otra cosa que lo único que permite hacer el sistema de condicionalidades heredadas del macrismo (hiper-endeudamiento en dólares publico y privado, pobreza e indigencia crecientes y alta inflación) combinado con la pandemia y la guerra en Ucrania. Fernández fue convocado por Sergio y Cristina para que sea lo que viene siendo: el CEO de una transición que conecte el fin del experimento macrista con el inicio de una nueva fase modernizadora de un peronismo cuya supervivencia dependerá no de su capacidad para devolvernos pasados gloriosos sino para cabalgar las complejidades de una nueva realidad nacional, regional y global que deja poco margen para sobreactuar autonomías.


Margenes y correlaciones de fuerza

¿Cuanto margen hay?¿Que se puede y que no? La política se hace y logra responder esas preguntas, o sucumbe. Luego hay también otras preguntas que una política voluntariosa debe hacerse para evitar el derrotismo y la adaptación. Pero primero lo primero: un análisis de situación lo más exacto que se pueda.

Las elecciones del siglo XX, cuando eran libres, se ganaban por metros y alumbraban grandes expectativas sociales. Yrigoyen, Peron, Alfonsín, Menem, De la Rua ganaron cómodos. Sus gobiernos nacieron de una expectativa social empoderante. Pero el siglo XXI trajo también esta novedad: los gobiernos nacen de expectativas empatadas: un tercio quiere que hagan una cosa, otro tercio quiere que hagan exactamente lo contrario y un tercio restante no sabe/no contesta y define ya dentro del cuarto oscuro por motivaciones volátiles y opacas. Eso acorta los margenes y reduce la política a matices, empalmes y transiciones. Como en USA o Europa donde la distancia entre derechas e izquierdas, miradas desde nuestras intensidades, resultan apenas perceptibles. Diferencias hay, pero de milímetros.


La épica del milímetro

El gobierno frentetodista no es igual al de Macri; se diferencia por algunos milímetros. Esos milímetros son, no obstante, en este contexto, un montón. Todo se pone en juego ahí: en unos pocos grandes milímetros que hay que saber apreciar, aprovechar y eventualmente acrecentar. Como en el fútbol, en esta nueva realidad socio-política los mejores jugadores son los que saben jugar y prevalecer en espacios reducidos.

El bloque exportador y el bloque mercado-internista, cada uno con sus áreas de influencias y derrames, están más empatados que nunca. A las antiguas capacidades de veto y desestabilización le añadieron una dosis de siglo XXI: narrativas y voces que circulan en tiempo real garantizando identificación estable y coordinación aceitada al servicio de un sesgo inquebrantable. Cómo en la mala ciencia, todo lo que circula confirma las sospechas de cada microclima: que el otro es flor de hijo de puta. Como boxeadores que no bajan la guardia ni cuando duermen, los tercios se miden, se rozan, amagan, se tiran, se esquivan y solo muy de vez en cuando alguno se morfa un castañazo del que rápidamente se repone y lo devuelve.



Pinguina empetrolada

El peronismo o mas bien, los peronistas, se sabe, tienen memoria selectiva. Cada tribu de ese inabarcable pueblo a la vez aristocrático y plebeyo, organiza su propia memoria; más que recordar elige minuciosamente qué recordar y que no. Hay un Perón que, por motivos opuestos pero complementarios, pocos peronistas evocan. El Perón del segundo gobierno fue, para las tribus conservadoras, demasiado jacobino, y, para el evitismo tardío, demasiado girondino. ¿Sus hitos? La Ley de Radicación de Capitales de 1953, el Congreso de la Productividad de 1954 y el contrato de YPF con la California Oil en abril de 1955. Iniciativas que despertaron un creciente malestar y rechazo en amplios sectores del peronismo al que, en el caso de los contratos petroleros, se le sumó el radicalismo intransigente que llegó a tildar a Perón de entreguista en una sesión en la que, ya declinante, fue sometido a una humillación irreparable.

Perón no industrializó la Argentina pero llevó el desarrollo de sus fuerzas productivas al límite máximo que podía tolerar una industrialización sustitutiva que por cada punto de incremento en el pbi hace crecer tres puntos las importaciones. La inflación creciente (luego de la desinflación del '52), el déficit en la balanza comercial y la restricción externa advertían que la ISI no tenía más hilo en el carrete. Luego de eso o se habilitaba la crisis y se destruían fuerzas productivas reseteando el ciclo, o se iniciaba un salto en la escala de la acumulación innovando en dos campos: productividad (plusvalía relativa) e inversión en áreas clave, especialmente en generación de energía y transferencia de tecnología. El Congreso de la Productividad venía a resolver el primer problema y la LRC junto al contrato con la California, el segundo.

Perón cae por eso: su proyecto de desarrollo nacional era tan capitalista que no tenía más nada que ofrecer si sus bases le negaban el antídoto para una economía envenenada.

Cuándo en abril de 2012 Cristina diseñó un esquema mixto para recuperar el control estatal de YPF y suscribió el acuerdo secreto para que Chevron le enseñara a YPF a fracturar con agua y arena la roca madre de Vaca Muerta, aunque no lo dijo, evocó al segundo Juan Domingo. En aquel acto multitudinario parecía que le hablaba a la juventud maravillosa que la aclamaba por jacobina pero en realidad su conversación tuvo un registro girondino: un hilo conductor sutil unió en aquel acto al Perón olvidado del 53/55 con esa gran líder popular proyectándola como estadista.

Si Perón hubiera convencido a sus tribus y hubiera reformado aquella antigua Argentina que deambulaba por la azotea de su desarrollo, probablemente el PJ hubiera gobernado por 60 años como hizo el Pri mexicano luego que Lázaro Cárdenas nacionalizara Pemex, performando el segundo capitalismo más desarrollado del continente. Además de ahorrarnos cuatro dictaduras, terrorismo de estado y una guerra. Pero eso no pasó y hoy, diez años después de aquella charla imaginaria entre un Perón incomprendido y negado y una Cristina inyectada de lucidez pero crecientemente arrinconada a fuerza de corridas cambiarias y tragedias ferroviarias, mientras el gas y el petroleo de Vaca Muerta empiezan a brotar, nuevamente las tribus peronistas se enfrentan al dilema de militar con fervor a favor de unos pocos milímetros.



Hijo ‘e Tigre

Massa es hoy el kirchnerismo posible. No solo porque es imposible que Cristina gane una elección presidencial sino porque su rol tiene que ser el de garantizar que se cumplan los milímetros; y hacer una intensa labor pedagógica con sus bases para que aprendan a valorar como mucho, lo poco. Para que no se quiebren ni dispersen pero también para que aprendan a sembrar y cosechar bajo estas nuevas inclemencias; que llegaron para quedarse. Solo la holgadez o la pereza desprecian los milímetros que separan guatemala de guatepeor.

La deuda que dejó Macri es impagable y por eso pasaremos los próximos al menos veinte años renegociándola; el problema justamente es ese: seremos por no menos de dos décadas un Estado en estado de renegociación permanente con acreedores cuya disposición a la negociación dependerá de cuántos y cuales negocios ofrezcamos a cambio. Para eso se inventaron las deudas: para habilitar negocios. Esos negocios podrán organizarse de dos maneras según quienes conduzcan el Estado: a favor de la consolidación y perfeccionamiento del bloque exportador primarizante; o a favor de construir la famosa diagonal o poligonal entre el bloque exportador y el bloque mercado-internista. En un caso se cristalizará y acentuará la Argentina salarialmente dual, sociálmente fracturada, económicamente desigual merced a la retracción de sus entramados industriales trabajo intensivos; en el otro podrán canalizarse excedentes al desarrollo de un mercado interno que permita bajar la pobreza y rescatar las franjas medias proletarias actualmente en caída libre.

Impulsar a Cristina a pelear una elección de la cual si pierde saldrá con 70 años, prisión domiciliaria de por vida y un liderazgo maltrecho, y si gana tendrá que viajar a Washington cada tres meses con la escupidera en la mano, suena insensato. Nadie que la quiera bien puede pedirle semejante sacrificio; encima al pedo.

Massa es quien propuso la poligonal hace diez años y se fue al llano a promoverla con la impericia y la arrogancia de quien sabe que no es su tiempo pero que algún día ese tiempo llegará. Lo supo porque las transformaciones sociales profundas que explican la emergencia de su espacio primero y del triunfo cambiemita dos años después, eran más fáciles de percibir si se forma parte de ellas. Si se camina esas veredas. Pero Massa no es solo un pibe de barrio que soñaba vivir en un cantri de Tigre y tener amigos millonarios sino de los que, alcanzado ese estatus, vuelve cada tanto de visita al viejo barrio y quiere y necesita que sus antiguos vecinos lo sigan tratando como a un par. Eso es un poco también el peronismo. Massa es la poligonal que une lo que llegó el momento de intentar vincular antes de ver como la patria se torna abstracta como aquella otra patria hace 200 años.

Massa será entonces el responsable de tender y remachar la poligonal que vincule los dos tercios en el mejor acuerdo posible. El kirchnerismo debe ser, bajo las nuevas condiciones vigentes, el garante del milímetro. Serán milímetros hinchados de litio, petroleo y gas licuado; milímetros anchos, rebosantes, esponjosos. Pero milímetros.

En ese poco espacio pero espacio al fin, se jugará el verdadero mundial que empieza en 2023.-



sábado, 3 de diciembre de 2022

¿Hay 2023?




De dónde venimos

La revolución de mayo marcó el inicio de una lucha armada que duraría 52 largos y sangrientos años: una lucha por el control de la rústica administración colonial con berretines de Estado, entre grupos sociales que fueron mutando al calor de esas y otras batallas. Primero peleaban burgueses rioplatenses contra nobles españoles; ambos autopercibidos como patriotas de una patria a la que Napoleon estaba tornando indefinible, abstracta; una patria en crisis. La derrota de Napoleon pero el éxito de sus Códigos burgueses reformuló aquellos grupos sociales originando una grieta cuyos contornos serán visibles 200 años después: dos fracciones burguesas defendiendo negocios distintos ligados a sus diferentes posiciones patrimoniales: los grandes propietarios de tierras (estancieros) defendían la exportación de materias primas y la liberación del comercio (importaciones) en alianza con Francia y Gran Bretaña; los excluídos de esos negocios pugnaban por desarrollar un mercado interno que requería el control del único organismo estatal realmente existente: la Aduana. Tener el control del Estado y, por lo tanto, performarlo, suponía controlar y administrar lo que entraba y salía del único puerto: Buenos Aires.


Elige tu propio Sarmiento

Cuando Sarmiento va a USA comprende todo en un instante: el camino a la modernidad capitalista requería matar a todos los indios, por inasimilables, arrinconar al gaucho para que elija la milicia o una bala en la cabeza, construir muchas escuelas para normalizar un sentido común inexistente y una agresiva política inmigratoria que poblara de gringos las fértiles llanuras, colonizándolas. No lo imaginó: vio a los farmers del middle west inyectando al capitalismo norteamericano una renta agraria que en las nacientes urbes de Nueva Inglaterra los fabriqueros puritanos transformaban en plusvalía industrial que a su vez devolvía tecnología innovadora impulsora de saltos continuos en la productividad y eficiencia agropecuaria. Es decir, en las praderas fértiles del norte no vio granjeros atascados en el atraso rural sino pequeños y medianos capitalistas industrializando la actividad agropecuaria.

Con esa lucidez volvió a la Argentina y se enroló en el mitrismo. Pero cuando por fin en Pavón la civilización venció a la barbarie y los gringos comenzaron a llegar se encontraron que las mejores tierras de la llanura pampeana estaban alambradas y divididas en pocas y grandes unidades productivas: la Estancia. Sarmiento vio que el farmer propietario de allá, acá era un siervo de la gleba mal disimulado y, a menudo, famélico. O sea vio feudalismo. Durante todo su propio gobierno y, luego, con Avellaneda y Roca, ofrecerá el triste espectáculo de un genio que vislumbro y promovió una Argentina potencia capitalista aliándose con los representantes de un bloque exportador primarizante dedicados a obstaculizarlo, luego a aislarlo y, al final de su vida, directamente a ridiculizarlo. Si el primer Sarmiento fue tan repudiable como el propio Mitre, el segundo sin duda fue un Sarmiento peronista.


Menem lo hizo

Si el estado nación argentino, mas o menos como hoy lo conocemos, se organizó desde 1863 cuando Bartolome Mitre clausuró con Pavón la etapa de guerras civiles, la modernidad capitalista empezó en 1990 con Carlos Menem en Palermo clausurando a cañonazos el partido militar.

Menem, como Fernando Enrique en Brasil o Salinas de Gortari en Mexico, gestionó el gran consenso modernizador noventista planteando un trueque: reformas neoliberales a cambio de infraestructura y desinflación. Menem le hizo ese ofrecimiento a una sociedad agobiada por la híper pero también por un Estado corroído de ineficiencia, nepotismo y corrupción.

Modernización visualizable, reconocible mediante marcas icónicas como la ampliación de la general paz, la construcción de autopistas suburbanas o la democratización del servicio telefónico. Pero también y especialmente en cuanto a la centralidad de los negocios privados respecto a aquellos regulados por el Estado. La contracción del universo de precios regulados y la expansión de aquellos no regulados y fértiles en margenes netos extraordinario, por no decir “guita facil”. Eso fueron los noventa: mientras la vieja clase media serruchaba su propio suelo con dólares baratos, unos relativamente pocos y grandes actores hacían grandes negocios ganando mucha plata en poco tiempo y muchos medianos y pequeños actores subsistían, agonizaban o simplemente quebraban. De a poco, pero sin pausa. Así se reorganizó el moderno capitalismo argentino en el que los negocios privados mandan y el Estado acompaña por las buenas o a las puteadas; pero acompaña.

El ciclo modernizador iniciado por Menem ingresará en 2001 en una impasse que ya se extendió por más de veinte años. Desde entonces el desarrollo del capitalismo argentino permanece estancado, sin rumbo y enmarcado en una crisis social, económica y política a la que urge ponerle fin.-