Por Pedro Santos
Colectivo CONJUGANDO
Scioli es,
hoy, El Hombre.
En él
encarna, se soporta, la crisis política que enmarca la sucesión Cristinista. Sobre su cuerpo vapuleado –y
apenas maltrecho– comienza a formarse el hongo
atómico del cual emergerá un kirchnerismo, o bien convertido en la segunda
hegemonía política de la historia argentina luego de aquella que se inició en la
batalla de Pavón y concluyó en 1916 a manos de Hipólito Irigoyen; o bien lo
hará archivado como uno de los recursos tácticos con los que el campo nacional
y popular ha intentado desde 1945 alcanzarla sin éxito –aunque, a veces y por
períodos más o menos cortos, conquistando el gobierno– prolongando la extensa fase
de crisis orgánica del régimen capitalista local.
Lo que no
se espera que ocurra en diciembre de 2015 es un simple cambio de gobierno.
Scioli sabe que, otra vez, como en 2003, le toca ser la bisagra. Aquella vez fue
la parte vieja de lo nuevo; esta vez cree –está convencido– que puede lograr, como los
alquimistas, convertir lo viejo en nuevo.
Scioli sabe
que su accionar influye pero no define; el servicio que el kirchnerismo
necesita que preste, el último servicio, es quedarse donde está, conteniendo a
muchos de los que se articulan en torno suyo, hasta que la Presidenta nomine a
su delfín como lo hizo Lula con Dilma el 20 de febrero de 2010, ocho meses
antes de las elecciones generales y con la futura Presidenta electa midiendo en
las encuestas menos que sus competidores. Scioli, en cambio, cree, como creyó en
el ’89 respecto de su propia vida mientras su Gran Argentina le amputaba el brazo derecho en el agua marrón del
río Paraná, que su proyecto político puede existir mientras haya esperanza;
porque Scioli aprendió aquella tarde chapoteando entre el dolor y la desolación,
que no es la vida la que engendra la esperanza sino al revés. Que es en la
convicción específicamente humana de que algo puede existir, donde se origina
la existencia. Y su proyecto presidencial seguirá con vida mientras su fe persista.
Pero Scioli,
incluso, está haciendo lo que debe, porque a la política se ingresa para hacer
lo que hay que hacer; en su caso, intentar ser el candidato presidencial del
FPV en 2015. Intención que está obligado a sostener por lo menos hasta que el
impedimento surja de los hechos concretos y no de conjeturas. Cuando esos
hechos acontezcan veremos quien es Scioli. Veremos si Scioli es o se hace. Pero para eso falta; hoy,
su misión es querer ser e intentarlo.
Tiem-pista
En todo
caso el problema es que la política, la construcción de poder, requiere tiempo;
cuanto más tiempo mejor, o al revés: cuanto menos tiempo peor. Y el tiempo que
razonablemente puede estar su candidatura sin despegar se está acabando; si su
avión sigue carreteando y no levanta, allá adelante lo espera el cerco
perimetral de la pista y, pasando el cerco, de nuevo, el río amarronado.
En política
los tiempos gruesos los pone la
realidad –o sea todos y nadie– pero los finos
los pone el desarrollo de la contienda, el movimiento de las piezas en el
tablero operado por cada voluntad particular. Cuando Massa, es decir, cuando la
fracción anti k del peronismo bonaerense y sus aliados transversales, fijó
fecha para el lanzamiento oficial de su candidatura presidencial y habilitó a
la corriente denarvaista a intervenir
en la interna renovadora, la pista por la que Scioli viene carreteando de
pronto se acortó. Quien posee mayor incertidumbre sobre aquello que necesita
conocer, es más débil. Scioli percibe que a partir del 02 de febrero será poco
a poco cada vez más débil respecto a Massa cuanto más tiempo pase no pudiendo
proclamar su propia candidatura porque su candidatura oficial, creíble, solo
será certeza cuando sea proclamada por el propio kirchnerismo.
Scioli
entró el viernes 02/01 al Espacio Clarín y se sentó el sábado 10/01 a cenar con
Mirtha para iniciar una labor: intentar
forzar que se definan las condiciones de resolución de las candidaturas antes
de que se termine el asfalto de su pista. Y eso implica hacer hacia dentro lo que el kirchnerismo hace todo
el tiempo hacia fuera: polarizar. El destinatario del mensaje todavía no es
tanto la opinión publica ni el electorado sino el peronismo; todo el
peronismo, incluso el que ya se había resignado a ir por afuera del FPV.
Scioli
utilizó la secuencia Espacio
Clarín-Mirtha Legrand para avisar: que tiene vocación de pelear; y que
tiene disposición a ampliar el espectro y la orientación de su política de
alianzas. Los avisados fueron todos los peronismos existentes: el k, el no-k y el
anti-k.
La reacción
de Scioli, quizás más instintiva que planificada, fue lógica: buscó espacio
donde sabe que lo tiene; es decir a la derecha. Allí se superponen candidatos
trajinando los mismos clivajes; mucha gente para no tanto espacio. Y por eso
más allá de la incomodidad inicial que su despliegue produjo en el vértice k,
el impacto negativo de su incursión afecta especialmente a los que buscan el
patrocinio del Grupo para sacar una
cabeza de ventaja. El televidente que simpatizó con Scioli mientras Mirtha lo
arropaba con la amorosa severidad que practican las madres con sus hijos más
traviesos, viene simpatizando con el FR, con el Pro o con el Faunen.
En el
fondo, para el kirchnerismo puro y duro, la secuencia supuso menos perdidas que
ganancias porque de algo no se duda: el liderazgo de Cristina sobresale porque
la relación con su base política y electoral está intacta y con las franjas del
ancho campo no-k (según Juan Pablo Varsky: la
ancha avenida del medio), que acompañan en las presidenciales y toman
distancia en las legislativas, se está recomponiendo de la mano de una economía
que luego de una década y pico demuestra que a pesar de los problemas tiene
cuerda para rato y se exhibe orientada hacia una dirección que reúne alto
consenso social: producción, empleo y consumo. En cambio, en el campo anti k,
las incursiones de Scioli contribuyen a licuar los tímidos liderazgos que
asoman auspiciados por el Grupo.
Ahora bien:
¿podría ser Scioli el candidato del FPV en 2015 si la salud relativa del
liderazgo Cristinista no se debilita
en los próximos tres meses? ¿Tiene chances Daniel Scioli de heredar el gobierno
k?
Democracia tutelada
La
democracia argentina se origina históricamente en la administración colonial
que ayudó a configurar los grupos sociales, las elites, que aprovecharían la invasión napoleónica de España para
independizarse y construir su propio Estado Nacional.
El vector
económico de esa organización estatal se desplazó desde siempre sobre dos
rieles: el político y el militar. Las elites intentaron durante décadas
formatear una democracia, un sistema de convivencia, tutelado manu militari. Los ejércitos realistas y
luego los revolucionarios, las milicias a cargo de correr la frontera agrícola-ganadera
empujando al indio, las montoneras de los caudillos, la mazorca rosista fueron
ejemplos de cómo la proto
organización estatal, incipientemente institucionalizada, se apoyaba en última
instancia en sus resortes coercitivos. No hay por cierto nada específicamente
argentino ni americano en este desarrollo; así se construyeron las bases del Occidente
capitalista cuando los ejércitos romanos emprendieron la conquista de Europa
sometiendo y asimilando a sus pueblos originarios. Así como los colonos,
comerciantes y generales romanos proveyeron los linajes que fundaron la nobleza
europea que organizo junto al clero los Estados Nación que hoy conocemos, en América,
varios siglos después, los estancieros, comerciantes, funcionarios y milicias
que engordaron las administraciones coloniales alimentaron las elites que
fundaron nuestros Estados nacionales.
La relación
entre coerción y consenso, más allá de los análisis filosóficos y
epistemológicos que se puedan emprender, en el subcontinente y en la Argentina
en particular, históricamente condensó en la siempre tensa y muchas veces
trágica relación entre democracia, en
tanto soberanía popular, y mecanismos
tutelares ejercidos por las elites por medio de los dispositivos de
coerción estatal y para-estatal enfrentados por el campo nacional y popular mediante
diversas tácticas y estrategias según las circunstancias históricas.
La
democracia viene siempre de la no democracia: es decir de lo estamental, lo
aristocrático y lo corporativo. La democracia popular implica que los
estamentos, las aristocracias y las corporaciones se someten a la voluntad
popular que significa ejercer el gobierno a través del Estado puesto al
servicio del interés de las mayorías populares y sus sistemas de valores
humanistas.
La no
democracia no siempre es sinónimo de dictadura sino a menudo de una modalidad
de organización democrática en la cual las mayorías populares se ven obligadas
coercitivamente a moderar sus impulsos democratizantes, es decir, a ejercer sus
derechos menos cabalmente. Las tutelas ejercidas por estamentos, aristocracias
y corporaciones bajan la calidad de la democracia; la tornan menos intensa,
limitándola.
Del Colimba al Pibe
Chorro
Cuando en
1983 el campo popular inició el desarme de la tutela ejercida por el Partido
Militar desde 1880, las fuerzas democratizantes emprendieron un largo camino
que tuvo avances y retrocesos y que alumbró tres hitos: 1) el Juicio a las
Juntas en 1985; 2) la eliminación del Servicio Militar Obligatorio en 1994; y
3) la sanción de la ley 25779 que en 2003 activó el cierre del ciclo de
impunidad.
De los tres
el segundo tuvo el valor estratégico de conectar dos etapas del ejercicio tutelar: la anterior, protagonizada por
las Fuerzas Armadas, con la actual, protagonizada por las Fuerzas de Seguridad
interior. En la medida que el nexo que vinculaba a la sociedad civil con el cuartel
en tanto usina de producción de sentido común y, por ello, de gobernanza, era
el colimba, su desactivación aisló al
cuartel clausurando el partido militar mientras sus funciones coercitivas y
disciplinadoras migraban hacia las Fuerzas de Seguridad entendidas como el Complejo
Judicial, Penitenciario y Policial popularmente conocido en la provincia de
Buenos Aires como “la Bonaerense”.
Los pibes
de las capas sociales empobrecidas que hasta el noventipico asumían la personificación del colimba en este nuevo paradigma tutelar encarnan en los pibes chorros mientras el viejo cuartel se
recicló como juzgado, cárcel y comisaría.
Ni bien
quedó claro que la zona de roce, de fricción social e institucional se había
mudado del cuartel al territorio,
deconcentrándose, fragmentándose pero también multiplicándose y
diversificándose, las elites, el círculo
rojo, supieron que el foco de la atención y la preocupación social debían
colocarse en un lugar privilegiado: la Inseguridad,
debía dominar la agenda social, política y mediática facilitando: a) transferencias
netas de poder a la Bonaerense habilitando grados crecientes
de autonomía y discrecionalidad para todo el Complejo; b) relajación de los
mecanismos de control políticos e institucionales; y c) ascenso del umbral de
tolerancia social a la violencia institucional.
Y si bien la
presión social suscitada por el crimen de José Luis Cabezas originó un
repliegue táctico de la Bonaerense ante la ofensiva que supuso
la Reforma de Arslanian impuesta a
Duahalde en abril de 1998 y desactivada por Ruckauff en agosto de 1999, la Contrarreforma iniciada por Scioli en
2007, de la mano de Stornelli y Casal, revirtió el proceso democratizador
respecto de la tutela ejercida por las elites a través de la Bonaerense con un impacto similar al que la sanción de las leyes de impunidad y el indulto a las
Juntas supuso para el proceso de ruptura de la tutela militar.
Es cierto
que la decisión de Néstor Kirchner de contener a las elites bonaerenses
ofreciéndoles la candidatura a gobernador de Scioli implicaba una perdida de
impulso al proceso reformista, pero la sorpresiva decisión del gobernador
electo de poner su gobierno en manos de la
Bonaerense se tradujo además en la consolidación de un espacio de
reagrupamiento y producción de iniciativa política por parte de la fracción
bonaerense de las elites filo tutelares.
¿Quien es Scioli?
Entonces
Scioli es, hoy, El Hombre. Pero ¿Quién es realmente Scioli? ¿Qué y a quienes
representa?
Una Trabajadora
Social del municipio, un Psicólogo del Sedronar o el Cpa, un operador de algún
programa municipal o provincial de inclusión educativa, las chicas del gabinete o del equipo de orientación de la escuela,
un agente de Anses, un tallerista de la campaña de alfabetización, un militante
o referente partidario, cualquier recurso
humano que diaria o semanalmente camina los barrios bonaerenses, recorre
los pasillos y tiene contacto fluido con sus dinámicas conoce aunque no quiera,
aunque quiera no conocer, aquello que los organismos de seguridad que buscan
esa información no pueden ignorar: quienes y donde ofertan drogas, armas, “laburos”
y todo el abanico de las múltiples actividades criminales que a un pesquisa
voluntarioso podría conducirlo desde la punta del ovillo minorista a las
fuentes de suministro mayorista que alimenta ese comercio y esos mercados de
“trabajo” y consumo.
Sin embargo
jueces, fiscales y policías optan casi
siempre por atacar la criminalidad emergente ignorando sus fuentes encarcelando
al pibe chorro –normalmente un adicto–
que vende para consumir mientras proliferan cocinas, depósitos, redes de
distribución, sustancias de corte y precursores.
De Scioli
se podrán decir, según se lo estime o no, muchas cosas buenas y malas; pero sin
dudas Scioli es el hombre que restituyó a la
Bonaerense sus capacidades de ejercer
tutela sobre la democracia impulsada por el campo popular.
Hoy, sin
embargo, la restauración del autogobierno judicial, penitenciario y policial resuelta
por Scioli en 2007 está haciendo crisis en la proliferación de armas y drogas
duras muy baratas que inundan las barriadas populares traduciéndose en
crecientes tasas de criminalidad. Todo indica que la pauperización
institucional que emerge a través de esos indicadores ha llegado a un punto de saturación
que podría estar generando condiciones suficientes para el despliegue de una
iniciativa política equivalente a la eliminación del Servicio Militar
Obligatorio.
De hecho la
Reforma de Arslanian preveía, en igual sentido que la decisión menemista de
eliminar la colimba, la interposición
de fiscalías y personal no policial en contacto directo con la situación de
infracción –la instrucción– y la pesquisa a fin de interrumpir mecanismos de
reproducción institucional de la actividad micro delictual y, a su vez, contactar
la punta del ovillo de la red criminal, es decir, al protagonista del micro
delito, para, a través de él, descubrir, perseguir, reprimir y desbaratar las
fuentes de suministro, abastecimiento y logística sin las cuales el micro delito
perdería volumen y vigor, permitiendo mejores desempeños en el accionar de las
agencias públicas y privadas que en el nivel territorial despliegan esfuerzos
mitigadores y reparadores, especialmente dirigidos a niños y jóvenes en
condiciones de marginalidad estructural.
La
democratización de la Bonaerense
tiene aun pendiente definir cuales serán sus hitos: los ciclos de Reforma
emprendidos por Arslanian –especialmente el segundo de 2004 a 2007– podrían ser
uno de ellos.
Cristina Conducción
Es
imposible saber que puede pasar en 2015 con la sucesión Cristinista porque el reordenamiento político se vislumbra tan
drástico y profundo que arriesgar escenarios sería como frotar la bola de
cristal.
Sin embargo
parece poco probable que Cristina opine que Scioli es lo nuevo, lo que viene;
es posible que para el vértice del poder k Scioli esté en verdad más cerca de
oficiar de último vagón de un tren que comenzó su retirada hace más de diez
años que de aportar alguna novedad en clave nacional y popular. Desde esa
perspectiva el fracaso del proyecto electoral sciolista más bien podría verse
como el cierre definitivo de una etapa.
Cristina difícilmente
le ceda el gobierno a Scioli no porque haya ido a la playa de Clarín o a la cena de Mirtha sino porque hacerlo tornaría al
movimiento político cuyo parto se llevó incluso la vida de su compañero y
fundador, en una experiencia política fallida, anómala.
Facilitar
la llegada de la Bonaerense al sillón
de Balcarce 50 no parece una opción razonable para un proyecto político que ha
hecho de la lucha contra las tutelas estamentales, aristocráticas y
corporativas su marca en el orillo.
Scioli hace
rato eligió representar al sistema de intereses tutelares que se articulan en y
desde la Bonaerense. Eso hace difícil
que se convierta en El Hombre elegido por la Presidenta para sucederla en la
instrumentación del programa democratizante que viene impulsando desde hace más
de diez años el proyecto nacional y popular que ella conduce.-