(Sigo obsesionado con Sarmiento).
¿Cual Barbarie?
El debate alrededor del dispositivo conceptual Civilización/Barbarie remite no a un significado sino a varios según lo apliquemos al análisis del pensamiento y de la situación política regional en diferentes momentos de la consolidación de los estados nacionales.
Sin embargo, todos los grandes pensadores del continente, más allá de las épocas y las tendencias, se encuentran en la misma esquina del Iluminismo: la del Progreso.
Las diferencias, a veces abismales, se darán en torno a las proporciones que, para cada uno de ellos, tendrá ese Progreso de componente autóctono (o natural, o local o, mas cerca en el tiempo, nacional) y cuanto de importado y, a la vez, de que modo habrán de combinarse las partes.
De algún modo esas diferencias tendrán también, según analicemos las cosas, mas de forma que de fondo. Por ejemplo, si el análisis se organiza desplazando el dispositivo sobre una línea de tiempo podríamos establecer la siguiente periodización (advertimos que los hitos serán flexibles en la medida que la periodización intenta atrapar procesos en su escala regional):
1) desde las declaraciones formales de independencia (1810-1830) hasta la organización de los estados nacionales (1860-1890), con la finalización de las guerras civiles.
2) desde ese momento de consolidación institucional con base en el crecimiento de las exportaciones primarias hasta el agotamiento del patrón agro-exportador, alrededor de 1930.
3) desde el inicio de “la salida populista/sustitutiva”, es decir durante las décadas del ’40 y ‘50 (según el país), hasta su crisis y paulatino reemplazo por regímenes que entre fines de los ‘50 y principio de los ’70 iniciaron los procesos de trasnacionalización de las incipientes economías industriales del continente.
Colonia
Durante el primer periodo se identifica con la Barbarie a los responsables del atavismo colonial que frena la maduración del Estado Nación capitalista. Aquí la Civilización es la maquinaria capitalista cuyo lubricante es siempre de índole cultural. El problema de Sarmiento con las culturas autóctonas se explica porque jamás serán agentes del desarrollo capitalista. Y el desprecio que Sarmiento manifiesta por toda idiosincrasia alejada de la ética capitalista lo obliga a elegir un símbolo: el Bárbaro. Mezcla de indio, gaucho y caudillo el Bárbaro sarmientino se define por extensión mientras el capitalismo requiere intensidad; regula la cadencia mientras el capitalismo urge. Promueve lo diverso, lo accidental mientras el capitalismo pregona lo regular y lo homogéneo. No hay propiedad sin fronteras; ni producción sin oficios; ni proletarios sin escuela y sin familia.
Pos Colonia
En el segundo periodo la consolidación de los estados nacionales capitalistas (librecambistas, por ese entonces), en Latinoamérica, es un hecho irreversible. El problema colonial ya no aparece ligado a la soberanía territorial (salvo en pocos países, como en Cuba) sino al modo en que estos estados incipientes habrán de relacionarse con aquellos en los que las relaciones capitalistas han madurado mucho mas (pe EE.UU). Sarmiento en 1845, aspira al progreso eludiendo la nostalgia que abona el atraso, por eso reclama Universidades americanas que contribuyan a que el mundo se injerte en nuestras sociedades respetando el tronco nacional.
¿Primarizar o Fabricar?
Para el tercer periodo la inviabilidad social del patrón agroexportador combinada con el salto inmigratorio y la crisis del ´30 crearon las condiciones para el surgimiento de los nacionalismos populares con base sustitutiva. La sustitución de importaciones constituye la dimensión económica inherente a cualquier programa de integración social porque conduce a la plena utilización de las fuerzas productivas. Estamos en la etapa en la que el pensamiento nacional administra el estado y gobierna “abriendo los brazos a todos para adelantar con todos”. Las palabras clave de este periodo son justicia social, igualdad de oportunidades, producción industrial, tecnificación, educación, salud, derechos sociales, jurídicos y políticos, Estado laico políticamente soberano y económicamente independiente.
Pero el capitalismo de posguerra en las metrópolis culmino su etapa de reconstrucción y necesita volver a colocar excedentes manufactureros en los mercados internacionales con extendida capacidad de consumo mucho más que cualquier abstracta disposición a contribuir al salto tecnológico de posibles competidores.
Aquí, para los intereses nacionales, la Barbarie es la transnacionalización de la economía como ariete de una nueva fase de semi colonialismo político y subordinación económica, sencillamente porque implica una clara regresión en la integración y cohesión social tan dificultosamente conseguidas. Los países que entre el 30 y el fin de la guerra sentaron las bases para la autonomía nacional en la región tienen dos opciones: resolver los cuellos de botella del modelo sustitutivo apelando a sinergias regionales y a variados emprendimientos asociativos con diferentes países y regiones del mundo, o incorporar masivamente capital transnacional en el aparato productivo dejando en manos de esos capitales el rol que habrán de cumplir en la división internacional del trabajo y por lo tanto la mayor o menor capacidad que tendrá cada uno de ellos para sostener los niveles de bienestar e integración social alcanzados. Civilización o Barbarie.
No tan distintos
Sin embargo la disyuntiva aquí expuesta en términos económicos, en el debate nacional adquiere la forma de una disputa entre categorías culturales. La Intelligentzia que desnuda Jauretche no aspira a ser como Alemania o Estados Unidos sino a subordinarse a ellos. No aspira a jugar en la misma liga del desarrollo económico y el progreso social, apenas se contenta con ser una filial de la segunda división.
El Progreso capitalista a mediados del siglo XIX constituye una promesa: salud, higiene, longevidad, bienestar, felicidad. Es decir, el progreso material que propone el capitalismo, para Sarmiento, no es un fin sino un medio para cumplir esas promesas.
En el Facundo, las sociedades latinoamericanas se aproximan a la barbarie no cuando se alejan de la educación sino cuando se alejan de la educación estructurada en los valores civilizatorios europeizantes que son los del espíritu del capitalismo.
Así Sarmiento en 1845 contribuye a clausurar el verdadero debate: que tipo de educación queremos para nuestros pueblos a fin de lograr una civilización específicamente latinoamericana o, incluso, en cada caso particular, específicamente nacional.
Jauretche por su parte, sin posibilidad de advertir nada ya que ha pasado bastante más de un siglo y los trazos gruesos y muchos de los finos del Estado Nación argentino ya están configurados, enfrenta al Facundo no con su herencia sino con sus herederos: los que por un lado añoran la pampa mitad para enriquecerse fácilmente, mitad para poder estar sin hacer nada y los que recelan el proyecto nacional basado en la justicia social porque resisten perder posiciones de privilegio. Jauretche, un poco por jodón, les dice: acá tienen, peléense entre ustedes.
Creo que Sarmiento -secretamente y capaz de mala gana- hubiera estado de acuerdo con él.
Sarmiento, en un rompecabezas de país, comprende el peligro de que emerja un debate sobre el contenido local que habrá de conformar la cultura nacional a medida que los Estados Nación latinoamericanos consoliden procesos de sedimentación institucional, sencillamente porque teme que estos procesos puedan abortarse. Y por eso construye un dispositivo conceptual basado en una hipérbole, en un exabrupto, no solo porque su personalidad es propiamente la de un exagerado, sino porque el debate (o su posibilidad) no se libra en la academia sino en los campos de batalla teñidos no solo de sangre sino de urgencia. Sarmiento no escribe para la posteridad y por eso, aunque pueda parecerlo (y aunque le pese a Jauretche), no esta escribiendo ni ensayo ni novela; Sarmiento escribe el Facundo un miércoles y lo pretende un programa de gobierno para el jueves. Y se sabe: un programa de gobierno, incluso una proclama, se toma o se deja, se lo acompaña o se lo combate. Civilización o Barbarie.

Pero Sarmiento jamás fue apenas el vocero de una élite y mucho menos de una élite parasitaria. Al fin y al cabo, nada mas sarmientino que el obrero peronista que vive en una casita suburbana de tejas españolas, consume, manda a sus hijos a la escuela pública y los premia con milanesas y un rico postre, si es que trajeron el boletín con buenas notas.-