viernes, 29 de octubre de 2010

Carta imaginaria a Néstor Kirchner


Hace algún tiempo en esos barrios de Moreno donde cada semana tratamos de aportar nuestro grano de arena, conocí a un trabajador social, un pibe simple, buen tipo y comprometido con los que andan peleandola con el barro en los tobillos.
Hoy mandó esta carta de despedida a Néstor Kirchner que quiero compartir con los lectores de este blog.

"Carta imaginaria a Nestor Kirchner

Nestor Kirchner… son muchas las imágenes entreveradas en mi cabeza, en estos momentos de emociones condensadas. Sin duda, el tiempo que nos tocó vivir en los últimos 7 años y medio no generan ni generarán indiferencia en ninguna persona que se sienta involucrada con su tiempo y con su pueblo. Desde mi modesto lugar, el de un treintañero no peronista pero que nunca será un antiperonista, puedo hablar de sospechas iniciales, de gratas sorpresas, de efusivas ilusiones, de concretos reconocimientos, de incertidumbres, de disgustos, de grandes enojos… todos sentimientos en los que junto con otros tantos nos sentimos envueltos, con el fervor de la pasión que caracteriza a buena parte de los argentinos… una pasión que nos hace reaccionar de las maneras más efusivas luego de esta larga historia de abusos y saqueos para un país como el nuestro, ciclotímico y desconcertante.

No puedo dejar de recordar tu brillante capacidad para construir poder en medio de la soledad, partiendo de tu condición de “flamante y desconocido presidente” o peor aún, de denominado “delfín” de Duhalde. No me olvido de la embestida contra la corte menemista, contra la cúpula policial y militar, contra Shell, contra el propio aparato de Duhalde… efectivamente, en contra de quienes prefieren los piratas de buenos modales antes que los protectores defensores de un país a las piñas. Entiendo que en política se toman decisiones que aunque defiendan a la mayoría de la población generan tensiones y conflictos; y eso implica verse ante aquellos poderosos que mejor disimulan la violencia de sus intereses.

No me olvido del pedido de perdón en nombre del Estado por las pasadas violaciones a los derechos humanos y su accionar en consecuencia. No me olvido de la oposición y bloqueo a Bush en Mar del Plata para sepultar el proyecto del ALCA y posteriormente construir la Unasur. Mucho menos me voy a olvidar de las medidas de apoyo en defensa de la democracia regional ante las presiones golpistas en Bolivia, Honduras y Ecuador.

Por último, no me olvido de la demostración del absurdo de esos “gurúes” económicos que insisten con saber “insertarnos en el mundo” como quien asume que la subordinación a un tipo de orden mundial implica la única viabilidad política-económica posible. Hoy, muchos países centrales se encuentran en crisis sin que eso nos repercuta directamente. Afortunadamente no te tomaste muy en serio el “¿qué van a decir de nosotros en el mundo?”…un lindo eufemismo para argumentar solapadamente que la historia de las ideas concluyó y que sólo debemos limitarnos a repetir al infinito un supuesto modelo perfecto. Vos no creíste en eso… es algo que nos acerca mucho.

Tal vez por todas estas cosas, yo tengo que hacerme cargo de mi fascinación inicial, de mis ilusiones, de mis expectativas. El tiempo fue pasando… y lamentablemente desde la instituyente transversalidad original fuimos topándonos con la repetición de viejas prácticas, con algunos casos de corrupción y con la desoladora recurrencia a los capos del conurbano más algunos caudillos provinciales perennes entendidos como presuntos garantes de la gobernabilidad, tipos con una fiabilidad y fidelidad que tan sólo depende de una transferencia. A veces pienso que cuando un líder es transparente, pedagógico, buen comunicador y realmente apoya al pueblo y se apoya en él… entonces puede mover montañas; su apoyo para transformar las condiciones de una sociedad da poco espacio para las extorsiones o claudicaciones. También reconozco que los cambios en la conciencia social nunca son rápidos. En ese caso, venimos de una larga noche de alienación, de pérdida de dignidad.

Sin embargo, tuviste la capacidad de instalar nuevos temas, de disputar por el reconocimiento a nuevos sentidos, nuevas subjetividades… y así llegamos a cuestionarnos sobre la conformación política-económica de los medios oligopólicos, sobre el origen y manejo de fondos de jubilaciones, sobre la contención para quienes no gozaron de un trabajo en blanco, sobre los niños entendidos como sujetos de derecho, sobre la legalidad del amor entre personas del mismo sexo, sobre la relación entre las libertades de empresa y los derechos de los ciudadanos como consumidores y trabajadores... en definitiva, sobre la pertinencia de un Estado en la defensa activa de los derechos sociales de sus ciudadanos, cualquiera sea su origen. Nos devolviste el Estado como actor indispensable en la construcción (reconstrucción) de ciudadanía. Negar ese aporte sería de una miopía que raya con lo mesquino y miserable.

Sin embargo, falta mucho todavía… no puedo adherir a muchos de tus planteos maniqueos polarizantes donde no hubo espacio para el análisis y la superación, a riesgo de ser considerado un vendepatria, un cómplice de la dictadura, un oligarca. En la guerra de los que gritan y no escuchan, procurar romper los prejuicios y estereotipos de unos a otros me llevó en algunas ocasiones a estar en el medio, el lugar donde se reciben cascotazos de los dos lados.

Nos quedan muchas cuentas pendientes… en esta democracia insuficiente, la Argentina sigue siendo un país mayormente abastecedor de materias primas y eso no lo saca de su débil posición de país periférico, de pseudo colonia… con una economía poco integrada internamente… con una deuda social aún impaga, sin soberanía energética y sin una extendida recuperación del trabajo genuino y autogestionado en aquellos que subsistieron gracias a los planes sociales.

Pero hay algo importantísimo que no puedo olvidar… y tal vez esa sea la razón por la que tu muerte me afecta tan profundamente. Hace diez años, mientras estábamos incubando el gran estallido… esa ira primaria donde más valía destruir todo para luego empezar a construir, veníamos de estar sumidos en la cultura de la derrota, la cultura de la resignación. Recuerdo que mucha mucha gente decía que la gran salida para los argentinos era Ezeiza. Había que irse del país, muchos estaban convencidos y así lo hicieron exportando la cultura de la derrota, de que no vale la pena porque está todo mal acá, pidiendo permiso para SER y ESTAR en otro país. Eso estaba ligado a la cultura del “no te metás”… a la palabra política entendida como mala palabra… a la militancia entendida como pérdida de tiempo y a la convicción de que más valía preocuparse por la satisfacción individual… total, “somos un país bananero”.

Hoy vivimos una realidad algo diferente, al menos en las disposiciones subjetivas de buena parte de la población. Muchos recuperamos el sentido de la política entendida como la expresión amplia de las formas de participación y resolución de los problemas de la sociedad. Descubrimos que la palabra ideología no olía a viejo, que en realidad estas siempre existieron y van a seguir existiendo; que existen diferentes maneras de pensarse como pueblo, como sociedad, como formas de representación, de producción y de redistribución de sus frutos. Descubrimos que la economía puede y debe sujetarse a criterios políticos, que no son reducibles solamente a la matemática. Nos redescubrimos como un país que por fin mira a Latinoamérica como espacio de afirmación identitaria, sin pretenderse como una república pseudo europea segregacionista en la región. Empezamos a pensar en la cultura originaria, empezamos a debatirnos la defensa de nuestros recursos naturales.

Ya no existe más la cultura de esa derrota sino una pelea, desde distintos espacios políticos, por la reivindicación del trabajador, de la producción, de la cultura popular. Ahora no pensamos más que este es un país perdido; muchos pensamos que se puede recuperar y recrear una identidad regional, popular, que empieza a gestarse en los pueblos… y que en parte se debe a aportes de algunos gobiernos. De a poco empezamos a pensar que el Estado no tiene que ser un enemigo, que lo público no es solamente el Estado/gobierno sino que también puede ser pensado desde organizaciones sociales de base. Nos empezamos despertar.
Entre esos aportes, considero que hay algo de mérito en vos, Nestor… bastante tal vez. Por eso es que no puedo dejar de lamentar profundamente esta pérdida. Señalo tus errores y rescato tus logros… y por eso para no ser mesquino y miserable, te digo GRACIAS. Te quise mucho, luego me enojé mucho con vos, pero nunca dejé de respetarte… sé que es innegable afirmarse sobre los pasos que se van dando.

Vamos por más, vamos por mucho más.
Hasta siempre, Nestor.

Juan Martín"

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