Consigna 1 del tp "E-Vocación":
Describir y relatar un momento o situación de:
-su trayectoria/itinerario
escolar/formativo; o de
-su práctica como formador
y/o coordinador de grupos de aprendizaje
Evoco:
No comencé el cbc como estudiante de Sociología. En el transcurso del interminable 6to año, en la vieja Escuela Técnica N° 2 de Av. Forest en Chacarita, intuyendo mi vocación como desplegada en una zona de intersección entre la filosofía, la literatura y “lo social”, entre el pensamiento abstracto y la intervención en lo concreto, vacilé entre opciones como Filosofía, Letras, Historia, Antropología (¡Arqueología!), Sociología, Trabajo Social o Ciencias Políticas, pero al momento de inscribirme el código elegido para rellenar el formulario fue el 34 correspondiente a la Licenciatura en Letras. Durante el primer cuatrimestre la cursada de Semiología confirmó que la elección había sido correcta aunque Sociedad y Estado y Economía actualizaron cierta fritura en la sintonía fina de mi elección vocacional. Pero recién después de agosto, iniciado el segundo cuatrimestre, la cursada de Sociología -cátedra Toer- provocaría una interferencia definitiva re-ordenando decisiones.
De repente en el campo de juego de
la vocación, un quipo que supo picar en punta y parecía encaminarse al titulo
se encontró desafiado, teniendo que dirimirse contra un perseguidor inesperado.
De un lado Letras, invicto y puntero, sorpresivamente en posición defensiva;
del otro una ignota Sociología, repentinamente a la ofensiva, determinada a
interceptar el arco rival y quedarse con el máximo trofeo. El cuadro era el
siguiente: los once de Letras a pura voluntad, contra su arco, en el borde del
área grande, intentando repeler a los once de Sociología que, haciendo circular
la pelota con un planteo táctico ingenioso, despliegue creativo, recursos
técnicos y juego asociado, buscaban perforar la defensa rival o forzar el ful y el tiro libre.
En la presentación de la cursada el
jotatepé, Alfredo Castro, avisó que sería un cuatrimestre entretenido haciendo,
junto a sus otros tres colaboradores, que las dos horas pasaran volando y que
la atención general no decayera casi nunca. Probablemente mi curiosidad por ese
universo curricular, escasamente presente en el plan de estudios de las
escuelas técnicas, contribuyó a que las otras cinco materias deparasen cada una
un interés particular. Pero Sociología se convirtió enseguida en mi materia
favorita. Incluso al ingresar al aula creía percibir una atmósfera distinta,
familiar, que acompañaba con una mezcla de excitación espiritual y tensión
corporal: a contrapelo del secundario, llegaba temprano para encontrar asiento
en las primeras filas. No quería perderme nada.
Luego de la algarabía intelectual producida por la lectura
coral protagonizada por los propios alumnos del breve fragmento No es natural donde la vida corriente de
José Timoneda i Martínez es puesta del revés por un ojo que mira distinto
anticipando el abordaje de la noción de pensamiento crítico, el hecho
disruptivo, el ful, ocurrió dos
clases después al llegar al último párrafo de La crisis de la sociología occidental donde Alvin Gouldner afirma
que “(…) Los hombres superan la tragedia
cuando se utilizan totalmente, cuando utilizan lo que tienen y lo que son, sean
lo que sean y estén donde estén, aunque para esto deban ignorar las
prescripciones culturales o conducirse de maneras innovadoras, no definidas por
sus roles. (...) Quizás logrenadar de vuelta hacia la orilla, aunque no aclamado ni mucho menos. En todocaso, habrá comprobado hasta donde puede ver y hasta donde llegar con su salto.Y aunque no se vuelva a tener noticias suyas, quizás los que todavía vacilan enel borde aprendan algo útil."
Cuando terminé de leer “…algo útil” la emoción que me embargó
fue tan intensa que sentí claramente como el referee hacía sonar un pitazo largo
y agudo señalando el tiro libre. A partir de allí todo lo que vino fueron solo preparativos
para un desenlace previsible. De un lado, se acomodaron el arquero y la
barrera que intentarían evitar que el balón ingrese al arco de Letras. Del
otro, los atacantes preparaban el disparo calculando, proyectando, vislumbrando
y finalmente ejecutándolo no solo con el pié sino con todo el cuerpo e incluso
con el alma: esas pelotas que ingresan, sorteando obstáculos y como serpenteando
por recovecos imposibles, constituyen también, en parte, un hecho metafísico.
Pasaron Wright Mills, Bergher y
Luckmann, Portantiero, Durkheim, Weber, Marx, Mandel e incluso un breve y
áspero texto de Niklas Luhmann, mientras el cuaderno con espirales engordaba
gracias a memorables teóricos y debates acalorados que Alfredo Castro
propiciaba y conducía con oficio,
intercalando las exposiciones del cuarteto con dinámicas participativas que aflojaban timideces e impulsaban a nuestras
voces a fluir con naturalidad.
La barrera ya estaba acomodada
mientras el pobre arquero del combinado de “Licenciatura en Letras”, con el
número 34 estampado en la espalda, con las piernas levemente inclinadas y la
punta de los dedos enguantados de su mano izquierda rozando su palo de
referencia, aguardaba lo peor. El disparo estaba por ejecutarse y Letras solo esperaba
un milagro.
A mediados de noviembre Alfredo
Castro anunció la fecha del parcial integrador (el primero había sido un tp
domiciliario). ¿Qué textos entraban? Todos. “Lean
todo y traten de traer los apuntes el día del parcial”, fue la consigna y,
si bien nadie preguntó y él no aclaró, el rumor de que podía proponerse alguna
modalidad de parcial a libro abierto creció rápidamente. En todo caso se había
instalado la idea de que cualquier cosa podía ocurrir sin que el afán de
perjudicar ni doblegar a los alumnos formara parte de las motivaciones en
juego. Si algo sorpresivo nos esperaba, seguro sería algo bueno.
El día del parcial las mochilas y
morrales estaban pesados mientras cierto liviano nerviosismo flotaba en el
aula. Al rato llegó el ayudante Ernesto Vázquez y enseguida Alfredo Castro
quien saludó y, casi sin esperar respuesta, le pidió a un voluntario de la
primera fila que tomara un papel y un bolígrafo, fuera al baño de hombres del
primer piso y copiara cuatro graffitis
de las ¿decenas? que decoraban las paredes de ese baño (“preferentemente que no contengan obscenidades”, aclaró); y que lo
hiciera rápido. Luego, debajo del marco de la puerta, de espaldas al curso, aflojándose
el nudo de la corbata, comenzó a charlar animadamente con el ayudante mientras,
adentro, murmullo y desconcierto iban en aumento.
A los cinco minutos volvió el
voluntario con la misión cumplida. Alfredo reprodujo las frases en el pizarrón
con letra bien grande, giró y explicó la consigna: cada alumnx debía elegir dos
frases del pizarrón y cuatro autores de la bibliografía, dos por cada módulo,
confeccionando el parcial en ocho hojas diferentes. En cada hoja, con letra
clara y en no más de veinte renglones (“no
leo más de veinte renglones”, advirtió), cada autor seleccionado debía
“decir algo” sobre cada una de las dos frases seleccionadas del pizarrón. O sea
que nosotros seríamos los ventrílocuos de los autores elegidos. La modalidad era
a libro abierto y se podía charlar pero en voz baja tratando de no molestar a
los que preferían trabajar solos y en silencio. Cada hoja debía consignar el
nombre y el dni de cada alumno y, en el escritorio, se recepcionarían formando
montículos por graffiti ya que cada
docente del cuarteto corregiría un graffiti
para garantizar que nadie se haya copiado pero también para que la producción global
de cada alumno fuera examinada desde
varias perspectivas.
“No estamos interesados en saber la opinión de ustedes esta vez; sus
opiniones se escucharon a lo largo de la cursada. Ahora queremos que ayuden a
los autores a opinar sobre esas frases. Queremos que hagan hablar a los autores
desde sus textos”, especificaron.
Durante las siguientes dos horas,
mientras Castro y Vázquez charlaban bajo el marco de la puerta, ajenos a lo que
acontecía a su alrededor, en el curso predominó un silencio compacto
entrecortado por algunos cuchicheos y susurros.
En mi caso elegí “Seamos realistas, pidamos lo imposible”
y “Si surfear no te hace sentir vivo,
entonces estás muerto” y fui ventrílocuo de Mills, Gouldner, Marx y
O’Donnel.
Ese parcial fue el hecho académico
más divertido y desafiante que me ocurrió en ese primer año de cursada
universitaria. Durante dos horas sentí una adrenalina linda, no la que sentía
cuando rendía una prueba de análisis matemático en el secundario sino de esas
que siento cuando estoy por empezar un picadito de fútbol con amigos. Mientras
distribuía las ocho hojas en los pilones vi como la pelota ingresaba en el
ángulo izquierdo mientras el arquero de Letras volaba inútilmente.
De Alfredo Castro no volví a tener
noticias, no se si habrá recibido o no aclamaciones; pero debería saberse que
sus decisiones sociológicas, pedagógicas y didácticas, la matriz de aprendizaje puesta en juego por él y su equipo me
ayudaron, entre otras cosas, a comprender algo
útil.
Minutos después, ancho de espíritu y suelto de cuerpo, caminando por Holmberg rumbo a Monroe para tomar el 93, ya me había transformado en estudiante de Sociología.
Minutos después, ancho de espíritu y suelto de cuerpo, caminando por Holmberg rumbo a Monroe para tomar el 93, ya me había transformado en estudiante de Sociología.

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