lunes, 24 de abril de 2017

Noventiadas IV (Colectivo 93)






 

Consigna 1 del tp "E-Vocación":


Describir y relatar un momento o situación de:
-su trayectoria/itinerario escolar/formativoo de
-su práctica como formador y/o coordinador de grupos de aprendizaje

Evoco: 

No comencé el cbc como estudiante de Sociología. En el transcurso del interminable 6to año, en la vieja Escuela Técnica N° 2 de Av. Forest en Chacarita, intuyendo mi vocación como desplegada en una zona de intersección entre la filosofía, la literatura y “lo social”, entre el pensamiento abstracto y la intervención en lo concreto, vacilé entre opciones como Filosofía, Letras, Historia, Antropología (¡Arqueología!), Sociología, Trabajo Social o Ciencias Políticas, pero al momento de inscribirme el código elegido para rellenar el formulario fue el 34 correspondiente a la Licenciatura en Letras. Durante el primer cuatrimestre la cursada de Semiología confirmó que la elección había sido correcta aunque Sociedad y Estado y Economía actualizaron cierta fritura en la sintonía fina de mi elección vocacional. Pero recién después de agosto, iniciado el segundo cuatrimestre, la cursada de Sociología -cátedra Toer- provocaría una interferencia definitiva re-ordenando decisiones.

De repente en el campo de juego de la vocación, un quipo que supo picar en punta y parecía encaminarse al titulo se encontró desafiado, teniendo que dirimirse contra un perseguidor inesperado. De un lado Letras, invicto y puntero, sorpresivamente en posición defensiva; del otro una ignota Sociología, repentinamente a la ofensiva, determinada a interceptar el arco rival y quedarse con el máximo trofeo. El cuadro era el siguiente: los once de Letras a pura voluntad, contra su arco, en el borde del área grande, intentando repeler a los once de Sociología que, haciendo circular la pelota con un planteo táctico ingenioso, despliegue creativo, recursos técnicos y juego asociado, buscaban perforar la defensa rival o forzar el ful y el tiro libre.

En la presentación de la cursada el jotatepé, Alfredo Castro, avisó que sería un cuatrimestre entretenido haciendo, junto a sus otros tres colaboradores, que las dos horas pasaran volando y que la atención general no decayera casi nunca. Probablemente mi curiosidad por ese universo curricular, escasamente presente en el plan de estudios de las escuelas técnicas, contribuyó a que las otras cinco materias deparasen cada una un interés particular. Pero Sociología se convirtió enseguida en mi materia favorita. Incluso al ingresar al aula creía percibir una atmósfera distinta, familiar, que acompañaba con una mezcla de excitación espiritual y tensión corporal: a contrapelo del secundario, llegaba temprano para encontrar asiento en las primeras filas. No quería perderme nada.


Cuando terminé de leer “…algo útil” la emoción que me embargó fue tan intensa que sentí claramente como el referee hacía sonar un pitazo largo y agudo señalando el tiro libre. A partir de allí todo lo que vino fueron solo preparativos para un desenlace previsible. De un lado, se acomodaron el arquero y la barrera que intentarían evitar que el balón ingrese al arco de Letras. Del otro, los atacantes preparaban el disparo calculando, proyectando, vislumbrando y finalmente ejecutándolo no solo con el pié sino con todo el cuerpo e incluso con el alma: esas pelotas que ingresan, sorteando obstáculos y como serpenteando por recovecos imposibles, constituyen también, en parte, un hecho metafísico.

Pasaron Wright Mills, Bergher y Luckmann, Portantiero, Durkheim, Weber, Marx, Mandel e incluso un breve y áspero texto de Niklas Luhmann, mientras el cuaderno con espirales engordaba gracias a memorables teóricos y debates acalorados que Alfredo Castro propiciaba y conducía con oficio, intercalando las exposiciones del cuarteto con dinámicas participativas que aflojaban timideces e impulsaban a nuestras voces a fluir con naturalidad.

La barrera ya estaba acomodada mientras el pobre arquero del combinado de “Licenciatura en Letras”, con el número 34 estampado en la espalda, con las piernas levemente inclinadas y la punta de los dedos enguantados de su mano izquierda rozando su palo de referencia, aguardaba lo peor. El disparo estaba por ejecutarse y Letras solo esperaba un milagro.

A mediados de noviembre Alfredo Castro anunció la fecha del parcial integrador (el primero había sido un tp domiciliario). ¿Qué textos entraban? Todos. “Lean todo y traten de traer los apuntes el día del parcial”, fue la consigna y, si bien nadie preguntó y él no aclaró, el rumor de que podía proponerse alguna modalidad de parcial a libro abierto creció rápidamente. En todo caso se había instalado la idea de que cualquier cosa podía ocurrir sin que el afán de perjudicar ni doblegar a los alumnos formara parte de las motivaciones en juego. Si algo sorpresivo nos esperaba, seguro sería algo bueno.

El día del parcial las mochilas y morrales estaban pesados mientras cierto liviano nerviosismo flotaba en el aula. Al rato llegó el ayudante Ernesto Vázquez y enseguida Alfredo Castro quien saludó y, casi sin esperar respuesta, le pidió a un voluntario de la primera fila que tomara un papel y un bolígrafo, fuera al baño de hombres del primer piso y copiara cuatro graffitis de las ¿decenas? que decoraban las paredes de ese baño (“preferentemente que no contengan obscenidades”, aclaró); y que lo hiciera rápido. Luego, debajo del marco de la puerta, de espaldas al curso, aflojándose el nudo de la corbata, comenzó a charlar animadamente con el ayudante mientras, adentro, murmullo y desconcierto iban en aumento.

A los cinco minutos volvió el voluntario con la misión cumplida. Alfredo reprodujo las frases en el pizarrón con letra bien grande, giró y explicó la consigna: cada alumnx debía elegir dos frases del pizarrón y cuatro autores de la bibliografía, dos por cada módulo, confeccionando el parcial en ocho hojas diferentes. En cada hoja, con letra clara y en no más de veinte renglones (“no leo más de veinte renglones”, advirtió), cada autor seleccionado debía “decir algo” sobre cada una de las dos frases seleccionadas del pizarrón. O sea que nosotros seríamos los ventrílocuos de los autores elegidos. La modalidad era a libro abierto y se podía charlar pero en voz baja tratando de no molestar a los que preferían trabajar solos y en silencio. Cada hoja debía consignar el nombre y el dni de cada alumno y, en el escritorio, se recepcionarían formando montículos por graffiti ya que cada docente del cuarteto corregiría un graffiti para garantizar que nadie se haya copiado pero también para que la producción global de cada alumno fuera examinada desde varias perspectivas.

“No estamos interesados en saber la opinión de ustedes esta vez; sus opiniones se escucharon a lo largo de la cursada. Ahora queremos que ayuden a los autores a opinar sobre esas frases. Queremos que hagan hablar a los autores desde sus textos”, especificaron.

Durante las siguientes dos horas, mientras Castro y Vázquez charlaban bajo el marco de la puerta, ajenos a lo que acontecía a su alrededor, en el curso predominó un silencio compacto entrecortado por algunos cuchicheos y susurros.
En mi caso elegí “Seamos realistas, pidamos lo imposible” y “Si surfear no te hace sentir vivo, entonces estás muerto” y fui ventrílocuo de Mills, Gouldner, Marx y O’Donnel.

Ese parcial fue el hecho académico más divertido y desafiante que me ocurrió en ese primer año de cursada universitaria. Durante dos horas sentí una adrenalina linda, no la que sentía cuando rendía una prueba de análisis matemático en el secundario sino de esas que siento cuando estoy por empezar un picadito de fútbol con amigos. Mientras distribuía las ocho hojas en los pilones vi como la pelota ingresaba en el ángulo izquierdo mientras el arquero de Letras volaba inútilmente.

De Alfredo Castro no volví a tener noticias, no se si habrá recibido o no aclamaciones; pero debería saberse que sus decisiones sociológicas, pedagógicas y didácticas, la matriz de aprendizaje puesta en juego por él y su equipo me ayudaron, entre otras cosas, a comprender algo útil.

Minutos después, ancho de espíritu y suelto de cuerpo, caminando por Holmberg rumbo a Monroe para tomar el 93, ya me había transformado en estudiante de Sociología.




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