Después de varias semanas fisurando en la Plaza La
Roche, Roque y Fany volvían nuevamente a La Candela a intentar refugiarse en
alguna casilla donde la parentela aceptara alojarlos de mala gana y solo por
algunos días; lo hacían luego de haber retirado del hospital la ecografía que
indicaba un embarazo que no superaba las 6 o 7 semanas habilitando la
interrupción que, juntos, resolvieron el mismo lunes en El Resero cuando el
test dio positivo. Recorríamos el centro de Morón por la calle Belgrano cuando, a
escasos metros del paso a nivel, las barreras comenzaron a bajar lentamente. Si
bien podría haber acelerado y pasar, opté por detenerme.
-“¿Por qué no cruzaste?”, me preguntó Fany, más curiosa que apurada, cómodamente recostada sobre Roque en el asiento de atrás mientras afuera la llovizna no paraba de caer desde el viernes pasado.
-“Porque no vale la pena arriesgar la vida para ganar 5 minutos; con el tren no hay que joder”, respondí aprovechando para bajar un poco de línea.
Se hizo un silencio espeso, entrecortado por el barullo de los trenes que llegaban y partían en uno y otro andén, que Fany interrumpió preguntando en tono bajo:
-“¿Pensaste en morirte?”.
Creí que le había preguntado a Roque pero como su compañero no dijo nada giré la cabeza, la miré, ella me clavó los ojos, y consulté si la pregunta iba dirigida a mí.
-“Sí a vos José”, contestó ella quién pocos días después de cumplir los 15 -y pocos años después de haber sido abusada por su tío en una madrugada pegajosa que tenía prohibido recordar- avisó, con un aullido desolado, que su hermano mayor, con los ojos abiertos y un cable enroscado alrededor del cuello, colgaba de la viga que sostenía el chaperío desplegado sobre la letrina afectada a funciones de baño por las cinco familias apretujadas en el último lote del pasillo.
-“No, ni en pedo, ¿vos?”, repregunté y volví a darme vuelta.
De nuevo un silencio profundo; estaban pasando cosas adentro de ese auto mientras, alrededor, la muchedumbre nos rodeaba acechando la barrera.
-“Si”, respondió Fany en un suspiro y agregó: -“¿Para qué querés vivir, la vida es una mierda, no sirve para nada”.
No lo dijo provocando ni enojada, lo dijo con resignación, casi con alivio. Giré la cabeza y volví a mirarla pero sus ojos no me vieron, estaban perdidos en algún lado.
Mientras las barreras subían y avanzábamos de a poco, Roque acompañó a su mujer con la misma tristeza:
-“¿Por qué no cruzaste?”, me preguntó Fany, más curiosa que apurada, cómodamente recostada sobre Roque en el asiento de atrás mientras afuera la llovizna no paraba de caer desde el viernes pasado.
-“Porque no vale la pena arriesgar la vida para ganar 5 minutos; con el tren no hay que joder”, respondí aprovechando para bajar un poco de línea.
Se hizo un silencio espeso, entrecortado por el barullo de los trenes que llegaban y partían en uno y otro andén, que Fany interrumpió preguntando en tono bajo:
-“¿Pensaste en morirte?”.
Creí que le había preguntado a Roque pero como su compañero no dijo nada giré la cabeza, la miré, ella me clavó los ojos, y consulté si la pregunta iba dirigida a mí.
-“Sí a vos José”, contestó ella quién pocos días después de cumplir los 15 -y pocos años después de haber sido abusada por su tío en una madrugada pegajosa que tenía prohibido recordar- avisó, con un aullido desolado, que su hermano mayor, con los ojos abiertos y un cable enroscado alrededor del cuello, colgaba de la viga que sostenía el chaperío desplegado sobre la letrina afectada a funciones de baño por las cinco familias apretujadas en el último lote del pasillo.
-“No, ni en pedo, ¿vos?”, repregunté y volví a darme vuelta.
De nuevo un silencio profundo; estaban pasando cosas adentro de ese auto mientras, alrededor, la muchedumbre nos rodeaba acechando la barrera.
-“Si”, respondió Fany en un suspiro y agregó: -“¿Para qué querés vivir, la vida es una mierda, no sirve para nada”.
No lo dijo provocando ni enojada, lo dijo con resignación, casi con alivio. Giré la cabeza y volví a mirarla pero sus ojos no me vieron, estaban perdidos en algún lado.
Mientras las barreras subían y avanzábamos de a poco, Roque acompañó a su mujer con la misma tristeza:
-“Mejor morirse y listo, así se termina todo”.

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