jueves, 1 de marzo de 2018

Volver al futuro







1. Pasado

Entre 1981 y 1984, en la antigua Casa de Música & Cultura de Olivos, sobre la calle Ricardo Gutierrez, frente a la Plaza Vicente López, mientras reconocía los bordes ondulados de una guitarra y el parche tenso del bombo leguero, el violín, lejano y exótico, me despertó un entusiasmo súbito y precoz. A tal punto que anduve declarando, públicamente, que de grande sería violinero... o violinisto. No cumplí; pero durante los siguientes veinticinco años la idea me rondó. Mientras tanto el instrumento, cuándo sonaba, capturaba mi atención.

En 2008, por medio de una novedad llamada feisbuc, contacté a mis compañeros de la Escuela Primaria N°2 "Bartolomé Mitre" de Pelliza y Córdoba; en el primer intercambio de mensajes, María T., una compinche entrañable, me preguntó: "¿te hiciste violinista?".



Durante algún tiempo esa pregunta resonó con la intensidad y recurrencia de un mandato. Como si no hubiera recibido una pregunta sino un llamado de atención, o una orden. Después, la mudanza a Ituzaingó y el salto del pato hacia un abismo laboral apasionante pero febril, me tuvieron ocupado y un poco distraído.

En marzo de 2015 (nótese la lentitud de mis reacciones), comencé un taller de violín en la S.F. Laprida de Merlo con el profesor Martín; vecino de Ituza, obrero metalúrgico y violinero de conservatorio -un genio-, en un año me enseñó el abc. En 2016 el taller cambió de día y horario y lo tuve que dejar agregando a mi lista de pendientes las otras veinticuatro letras del abecedario musical. Durante dos años, con el violín recostado en el futón, cada tanto extraído de su estuche, afinado y entibiado, el interés sobrevivió.


El miércoles pasado llegué a casa y puse la tv pública; en el escenario de la Fiesta del Queso de Tafí del Valle, unos veinte niños y jóvenes violineros interpretaban Lágrimas de Los Tekis.



Al otro día, a la nochecita, me inscribí en la Escuela Taller de Arte y Artesanías Folclóricas de Haedo para cursar, desde marzo, el primer semestre de un plan de formación que se organiza en tres materias anuales durante tres años y que incluye práctica del instrumento pero también teoría, solfeo y lenguaje musical. El muchacho que me inscribió aseguró que a principios de la cursada hay unos veinticinco alumnos por profesor, pero que la asistencia suele declinar, en pocos meses, a la mitad. No pude evitar preguntarme en cual de las dos mitades me enrolaré en pocos meses.

2. Presente

Un rato antes, volviendo del centro hacía el oeste, observé, en la vereda del Parque Centenario, sentado sobre un banquito, a un muchacho cuarentón haciendo sonar una trompeta; se lo notaba concentrado pero relajado, tal vez feliz. El instrumento parecía una ramificación de sus manos. La música formaba a su alrededor una atmósfera alegre y ligera envolviendo, con cierta frescura, ese rincón del parque en esa tarde agobiante de febrero.

Con el muslo derecho apoyado en el borde del asiento de la bici, el pie izquierdo en el asfalto y la punta del derecho sobre el pedal, esperando que el semáforo del Marie Curie diera el verde, lo miré y pensé: ¿cuantas vidas diferentes podemos vivir a lo largo de una vida? ...sin llegar a experimentar la sensación frustrante de estar haciendo todo por la mitad. Richard Sennet, en "El artesano", advierte que "(...) es propio de la naturaleza humana creer que tenemos el deber de intentar todo aquello que parezca posible." 





En la ciudad moderna, en cada elección, trascendente o trivial, todos conocemos las opciones disponibles. Cada persona, cada vez que elige, es consciente de sus renuncias. Todo lo que dejó ir por elegir lo que eligió. Es inevitable que esta hiper conciencia urbana promueva una cultura humana melancólica y compulsiva. Desde las brumosas ciudadelas medievales, e incluso desde mucho antes, nos esforzamos por conquistar la ciudad cosmopolita, produciéndola, para ser mas libres pudiendo elegir entre un abanico de opciones cada vez mayor; casi infinito. Pero esa libertad, como casi todas, arrastró un ancla emocional que ilumina, en cada elección, la vastedad de nuestras renuncias. Todas las vidas que estando ahí, al alcance de la mano, tal vez nunca viviremos.


Conquistamos la modernidad urbana para vivir más años pero extrañando todo lo que, cada minuto ganado a la muerte, se revela para siempre inalcanzable. La comprensión del aislamiento y la barbarie como formas de vida -que, trabajosamente, dejamos atrás- nos provee felicidades fulgurantes pero intermitentes, ciclotímicas. El hombre primitivo quizás conoció felicidades menos intensas pero más consistentes, menos porosas. La felicidad de la inocencia; o de la desinformación. 


3. ¿Futuro?

El próximo 19 de marzo, el adulto que soy apoyará sus hojas pentagramadas en un pupitre de la Etaarf: ¿pretenderé retomar, en ese acto, el itinerario musical que, una tarde a fines del '84, junto a un ventanal que abrazaba los plátanos gigantes de la plaza, el niño que fuí, dejó inconcluso? ¿querré tocar el violín para volver a situarme en la perspectiva de aquel pibito de ocho años, para mirarme con sus ojos? ¿o será que, por medio del violín, vislumbro articular un lenguaje que le permita a este que soy dialogar con aquel que fuí treinta y cuatro años atrás? 




El pasado no vuelve y al pasado no se vuelve pero con pasadas siembras y cosechas se hizo la harina con que, ahora, amasamos el presente. Si para avanzar, a veces, miramos para atrás será porque algo inacabado quedó en el camino. ¿Qué será? 

Es difícil saberlo pero es probable que detrás de esas cuerdas que nos tironean suave pero constantemente, aceche, indócil, el ímpetu secreto de la vida.-


No hay comentarios:

Publicar un comentario