lunes, 1 de mayo de 2017

Propia voz (Las rueditas de la subjetividad)






¿Por qué los niños aprenden a andar en bicicleta con rueditas? Porque andar en bici requiere un dominio del propio cuerpo del que un niño, en parte, aun carece. Mantenerse vertical sobre un objeto que, de no ser montado o sostenido por una persona caería al suelo por su propio peso, requiere un aprendizaje que las rueditas ayudan a que se concrete con menor probabilidad de sufrir un accidente y por lo tanto de manera menos traumática y más gratificante.
Andar en bici es poder desplazarla manteniéndola en equilibrio; por eso andar con rueditas no es aun andar en bici sino jugar a andar en bici estando ese juego al servicio de un aprendizaje, del desarrollo de una capacidad o habilidad. Las rueditas nos ayudan a mantener el equilibrio mientras aprendemos a mantener el equilibrio y, sobre todo, a perderle el miedo a la “responsabilidad” de tener que mantener el equilibrio. Una bici que se mantiene vertical –no se cae– y se desplaza en velocidad hacia delante pone en juego unas leyes naturales y una reglas sociales: una determinada manera en que se espera que las cosas ocurran. ¿Cómo son “las cosas”, “esas cosas”? R: “así, como si las rueditas no estuvieran”; pero están y están como ejemplo, como reproducción o replica de aquellas reglas, como un adelanto de lo que será irremediablemente.

Pero aunque estén las rueditas, sobre la bici está el pibe y solo él ejecuta los 3 mecanismos que constituyen el dispositivo: los pedales que ponen en marcha y permiten propulsar, sostener y acelerar el avance; el manubrio que define la dirección que se le da a ese avance; y los frenos que permiten regular la velocidad desacelerando y deteniendo el movimiento.
O sea que toda la decisión y la acción está en manos del pibe; las rueditas solo ayudan a sostenerlo al principio, hasta que el pibe tome confianza y pueda seguir solo…. ¿a dónde?¿como?¿a que velocidad?... eso lo decide el pibe.

Los equipos de proximidad en territorio somos eso: las rueditas de la subjetividad del pibe. Lo sostenemos, lo animamos, lo acompañamos un tramo y después lo vemos agarrar velocidad y tomar su camino y escribir su propia historia. No le pegamos manotazos al manubrio ni le decimos al pibe “a ver, correte un cachito que pedaleo yo”. Eso no sirve para nada porque el pibe no aprende siendo parte del movimiento sino produciéndolo y gestionándolo.

En pedagogía, ganar tiempo suele ser en realidad una manera de perderlo; los procesos de aprendizaje llevan tiempo. Y armar la propia voz también.


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