jueves, 24 de marzo de 2016

Rimas



 40 años después


Dedicado a Aldana C.


El recuerdo de aquella tarde en el otoño del ’86 empieza con un viento apenas frío que corría por Forest trayendo y llevando la primera hojarasca de las viejas Tipas plantadas en la vereda par de la avenida, que agitaba sus ramas altísimas y ennegrecidas de hollín amagando astillarlas a la altura de los cables del teléfono, mientras las nubes azuladas se compactaban sobre las terrazas de los edificios de la vereda impar, preparando el diluvio.

El departamento, impecable, olía, como siempre, a bizcochuelo recién horneado.

La vieja, desde la cocina, avisaba con un grito que en seguida estaría conmigo mientras mi pensamiento descartaba que sería, como cada martes, un largo instante que esta vez acompañaría contemplando a través del ventanal como caían las primeras gotas de una tormenta por culpa de la cual, esa tarde, sería el único alumno presente.
Quizás por esa intimidad imprevista, esa tarde, como nunca antes, la vieja se animó a hablar más allá de gerundios, participios y phrasal verbs.

Mi intuición pre adolescente palpitaba que la vieja estaba loca porque su hábitat –nuestro aula–, frío y despojado, no daba indicios de alojar al estereotipo de señora que a esa edad la imaginación asocia con las abuelas y tías en cuyas vitrinas, modulares, paredes, arcones y rincones se amontonan los vestigios del linaje familiar; una vieja solitaria y sin rastros de familia es, para un niño, una vieja chiflada. Si algún día, por llegar muy temprano, me encontraba solo, sentía una ligera inquietud, ubicada en la vecindad del temor, que me empujaba a pergeñar modalidades de escapatoria en caso de ser atacado por sorpresa.

Pero aquella vez no; por alguna razón inexplicable se había despertado mi curiosidad por ella: quería saber.

Intuitivamente comprendí que la pregunta menos impertinente debía guardar relación con lo obvio, con lo evidente, con lo que estaba ahí a la vista aguardando que alguien preguntara: así que resolví interrogar por las cruces trazadas con fibra amarilla sobre las tres blanquísimas paredes del aula-living comedor. De poco más de un metro de alto cada una, ocupaban todo el espacio disponible para colgar algún cuadro u ornamento.
Ella, algo incómoda, les restó importancia inscribiendo la elección en una mera demostración de respeto por los símbolos sagrados, etc.

-Estaban ahí cuando me mudé… me dió no se que borrarlas- mintió.

Los dos guardamos un largo silencio que no tardé en interpretar como una invitación a seguir preguntando y lo hice guiándome con el mismo criterio aplicado para seleccionar la pregunta anterior.

Así que pregunté por su familia.
La vieja me clavó los ojos de tal forma que alcancé a sentir su ira quemándome los párpados. Corrió lentamente la silla hacia atrás; sin dejar de mirarme se paró y apurando el paso ingresó a la cocina.

Supe en ese instante que volvería cuchillo en mano a poner fin a mi precoz atrevimiento. Pensé en gritar pero me faltaba el aire; quise correr hacía el balcón pero me encontré inmovilizado por el miedo. Preparaba los ojos para el llanto cuando la vieja apareció exhibiendo en una de sus manos un plato con una porción de bizcochuelo. Se detuvo junto a su silla y, sin sentarse, arrancó, usando la punta de los dedos, un pedacito que comenzó a masticar lentamente; mientras lo saboreaba perdió la vista entre las ramas de los Fresnos agitadas por el viento y la lluvia que caía bruscamente sobre el empedrado de Charlone.

Entonces habló. 
-Éramos una familia feliz-, dijo secamente. 

Pero un día, hace poco más de cinco años, se abrió para ellos el infierno. El único hijo una noche no volvió iniciandose una incesante y dolorosa búsqueda. Contó que ella y su marido revolvieron cielo y tierra durante varios meses hasta que un día apareció muerto a balazos a pocas cuadras de su casa, en el zanjón que bordea los galpones del ferrocarril.
De pronto, para la policía, su hijo era un guerrillero y había muerto en su ley.

Así comenzó el otro infierno con su marido entregándose de a poco al alcohol y al abandono. Deprimido y borracho conoció la locura cuando el delirum tremen se metió en su cabeza acabando primero con su cordura y luego con su vida.

De repente se encontró rota, desolada y sin razones para seguir viviendo.
Pero un día, deambulando por la vieja estación, muy cerca de entregarle otra vida a la muerte, decidió mudarse a Chacarita dejando en aquel sitio los fantasmas de la dicha arrebatada.
Por eso vive sola. Por eso, explicó, las paredes tienen cruces pintadas y no fotos familiares.

En el plato quedaban pocas migas y la clase había terminado.
Crucé la puerta, nos saludamos pero antes de iniciar la caminata rumbo al ascensor, quise saber todo. Entonces hice la última pregunta, la última para siempre ya que nunca más volveríamos a vernos.

Pregunté por el nombre de aquel sitio.
Ella, apenas con un hilo de voz y los ojos brillosos, respondió: 

-Santos Lugares.




Benito
Marzo 1996

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