El recuerdo de aquella tarde en el otoño del ’86 empieza con un viento
apenas frío que corría por Forest trayendo y llevando la primera hojarasca de las
viejas Tipas plantadas en la vereda
par de la avenida, que agitaba sus ramas altísimas y ennegrecidas de
hollín amagando astillarlas a la altura de los cables del teléfono, mientras las
nubes azuladas se compactaban sobre las terrazas de los edificios de la vereda
impar, preparando el diluvio.
El departamento, impecable, olía, como siempre, a bizcochuelo recién
horneado.
La vieja, desde la cocina, avisaba con un grito que en seguida
estaría conmigo mientras mi pensamiento descartaba que sería, como cada martes,
un largo instante que esta vez acompañaría contemplando a través del ventanal como caían
las primeras gotas de una tormenta por culpa de la cual, esa tarde, sería el
único alumno presente.
Quizás por esa intimidad imprevista, esa tarde, como nunca antes, la
vieja se animó a hablar más allá de gerundios, participios y phrasal verbs.
Mi intuición pre adolescente palpitaba que la vieja estaba loca
porque su hábitat –nuestro aula–, frío y despojado, no daba indicios de alojar
al estereotipo de señora que a esa edad la imaginación asocia con las abuelas
y tías en cuyas vitrinas, modulares, paredes, arcones y rincones se amontonan los vestigios del linaje familiar; una vieja solitaria y sin rastros de familia es, para un niño, una vieja chiflada. Si
algún día, por llegar muy temprano, me encontraba solo, sentía una ligera inquietud,
ubicada en la vecindad del temor, que me empujaba a pergeñar modalidades de escapatoria en caso de ser atacado por sorpresa.
Pero aquella vez no; por alguna razón inexplicable se había despertado
mi curiosidad por ella: quería saber.
Intuitivamente comprendí que la pregunta menos impertinente debía guardar relación con lo obvio, con lo evidente, con lo que estaba ahí a la
vista aguardando que alguien preguntara: así que resolví interrogar por las
cruces trazadas con fibra amarilla sobre las tres blanquísimas paredes del
aula-living comedor. De poco más de un metro de alto cada una, ocupaban todo el
espacio disponible para colgar algún cuadro u ornamento.
Ella, algo incómoda, les restó importancia inscribiendo la elección en
una mera demostración de respeto por los símbolos sagrados, etc.
-Estaban ahí cuando me mudé… me dió no se que borrarlas- mintió.
-Estaban ahí cuando me mudé… me dió no se que borrarlas- mintió.
Los dos guardamos un largo silencio que no tardé en interpretar como una
invitación a seguir preguntando y lo hice guiándome con el mismo criterio
aplicado para seleccionar la pregunta anterior.
Así que pregunté por su familia.
La vieja me clavó los ojos de tal forma que alcancé a sentir su ira
quemándome los párpados. Corrió lentamente la silla hacia atrás; sin dejar de
mirarme se paró y apurando el paso ingresó a la cocina.
Supe en ese instante que volvería cuchillo en mano a poner fin a mi precoz
atrevimiento. Pensé en gritar pero me faltaba el aire; quise correr hacía el
balcón pero me encontré inmovilizado por el miedo. Preparaba los ojos para el
llanto cuando la vieja apareció exhibiendo en una de sus manos un plato con una
porción de bizcochuelo. Se detuvo junto a su silla y, sin sentarse, arrancó, usando
la punta de los dedos, un pedacito que comenzó a masticar lentamente; mientras lo
saboreaba perdió la vista entre las ramas de los Fresnos agitadas por el viento y la lluvia que caía bruscamente
sobre el empedrado de Charlone.
Entonces habló.
-Éramos una familia feliz-, dijo secamente.
Pero un día, hace poco más de cinco años, se abrió para ellos el infierno. El único hijo una noche no volvió iniciandose una incesante y dolorosa búsqueda. Contó que ella y su marido revolvieron cielo y tierra durante varios meses hasta que un día apareció muerto a balazos a pocas cuadras de su casa, en el zanjón que bordea los galpones del ferrocarril.
-Éramos una familia feliz-, dijo secamente.
Pero un día, hace poco más de cinco años, se abrió para ellos el infierno. El único hijo una noche no volvió iniciandose una incesante y dolorosa búsqueda. Contó que ella y su marido revolvieron cielo y tierra durante varios meses hasta que un día apareció muerto a balazos a pocas cuadras de su casa, en el zanjón que bordea los galpones del ferrocarril.
De pronto, para la policía, su hijo era un guerrillero y había muerto en
su ley.
Así comenzó el otro infierno con su marido entregándose de a poco al
alcohol y al abandono. Deprimido y borracho conoció la locura cuando el
delirum tremen se metió en su cabeza acabando primero con su cordura y luego
con su vida.
De repente se encontró rota, desolada y sin razones para seguir
viviendo.
Pero un día, deambulando por la vieja estación, muy cerca de entregarle otra vida a la muerte, decidió mudarse a Chacarita dejando en aquel sitio los
fantasmas de la dicha arrebatada.
Por eso vive sola. Por eso, explicó, las paredes tienen cruces pintadas y
no fotos familiares.
En el plato quedaban pocas migas y la clase había terminado.
Crucé la puerta, nos saludamos pero antes de iniciar la
caminata rumbo al ascensor, quise saber todo. Entonces hice la última pregunta,
la última para siempre ya que nunca más volveríamos a vernos.
Pregunté por el nombre de aquel sitio.
Ella, apenas con un hilo de voz y los ojos brillosos, respondió:
-Santos Lugares.
-Santos Lugares.
Benito
Marzo
1996

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