sábado, 3 de diciembre de 2022

¿Hay 2023?




De dónde venimos

La revolución de mayo marcó el inicio de una lucha armada que duraría 52 largos y sangrientos años: una lucha por el control de la rústica administración colonial con berretines de Estado, entre grupos sociales que fueron mutando al calor de esas y otras batallas. Primero peleaban burgueses rioplatenses contra nobles españoles; ambos autopercibidos como patriotas de una patria a la que Napoleon estaba tornando indefinible, abstracta; una patria en crisis. La derrota de Napoleon pero el éxito de sus Códigos burgueses reformuló aquellos grupos sociales originando una grieta cuyos contornos serán visibles 200 años después: dos fracciones burguesas defendiendo negocios distintos ligados a sus diferentes posiciones patrimoniales: los grandes propietarios de tierras (estancieros) defendían la exportación de materias primas y la liberación del comercio (importaciones) en alianza con Francia y Gran Bretaña; los excluídos de esos negocios pugnaban por desarrollar un mercado interno que requería el control del único organismo estatal realmente existente: la Aduana. Tener el control del Estado y, por lo tanto, performarlo, suponía controlar y administrar lo que entraba y salía del único puerto: Buenos Aires.


Elige tu propio Sarmiento

Cuando Sarmiento va a USA comprende todo en un instante: el camino a la modernidad capitalista requería matar a todos los indios, por inasimilables, arrinconar al gaucho para que elija la milicia o una bala en la cabeza, construir muchas escuelas para normalizar un sentido común inexistente y una agresiva política inmigratoria que poblara de gringos las fértiles llanuras, colonizándolas. No lo imaginó: vio a los farmers del middle west inyectando al capitalismo norteamericano una renta agraria que en las nacientes urbes de Nueva Inglaterra los fabriqueros puritanos transformaban en plusvalía industrial que a su vez devolvía tecnología innovadora impulsora de saltos continuos en la productividad y eficiencia agropecuaria. Es decir, en las praderas fértiles del norte no vio granjeros atascados en el atraso rural sino pequeños y medianos capitalistas industrializando la actividad agropecuaria.

Con esa lucidez volvió a la Argentina y se enroló en el mitrismo. Pero cuando por fin en Pavón la civilización venció a la barbarie y los gringos comenzaron a llegar se encontraron que las mejores tierras de la llanura pampeana estaban alambradas y divididas en pocas y grandes unidades productivas: la Estancia. Sarmiento vio que el farmer propietario de allá, acá era un siervo de la gleba mal disimulado y, a menudo, famélico. O sea vio feudalismo. Durante todo su propio gobierno y, luego, con Avellaneda y Roca, ofrecerá el triste espectáculo de un genio que vislumbro y promovió una Argentina potencia capitalista aliándose con los representantes de un bloque exportador primarizante dedicados a obstaculizarlo, luego a aislarlo y, al final de su vida, directamente a ridiculizarlo. Si el primer Sarmiento fue tan repudiable como el propio Mitre, el segundo sin duda fue un Sarmiento peronista.


Menem lo hizo

Si el estado nación argentino, mas o menos como hoy lo conocemos, se organizó desde 1863 cuando Bartolome Mitre clausuró con Pavón la etapa de guerras civiles, la modernidad capitalista empezó en 1990 con Carlos Menem en Palermo clausurando a cañonazos el partido militar.

Menem, como Fernando Enrique en Brasil o Salinas de Gortari en Mexico, gestionó el gran consenso modernizador noventista planteando un trueque: reformas neoliberales a cambio de infraestructura y desinflación. Menem le hizo ese ofrecimiento a una sociedad agobiada por la híper pero también por un Estado corroído de ineficiencia, nepotismo y corrupción.

Modernización visualizable, reconocible mediante marcas icónicas como la ampliación de la general paz, la construcción de autopistas suburbanas o la democratización del servicio telefónico. Pero también y especialmente en cuanto a la centralidad de los negocios privados respecto a aquellos regulados por el Estado. La contracción del universo de precios regulados y la expansión de aquellos no regulados y fértiles en margenes netos extraordinario, por no decir “guita facil”. Eso fueron los noventa: mientras la vieja clase media serruchaba su propio suelo con dólares baratos, unos relativamente pocos y grandes actores hacían grandes negocios ganando mucha plata en poco tiempo y muchos medianos y pequeños actores subsistían, agonizaban o simplemente quebraban. De a poco, pero sin pausa. Así se reorganizó el moderno capitalismo argentino en el que los negocios privados mandan y el Estado acompaña por las buenas o a las puteadas; pero acompaña.

El ciclo modernizador iniciado por Menem ingresará en 2001 en una impasse que ya se extendió por más de veinte años. Desde entonces el desarrollo del capitalismo argentino permanece estancado, sin rumbo y enmarcado en una crisis social, económica y política a la que urge ponerle fin.-



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